«Confuso»

LA COLUMNA TORCIDA DE ARIEL ROBERT.

Con ese título suelen comenzar, en los diarios, sitios, canales y radios de Mendoza, las crónicas de los asesinatos. La volanta suele alternar entre: inseguridad y policiales.

Por Ariel Robert.

Homicidios que se maquillan como anécdotas pequeñas. Claro, información que no merece ni lugar de privilegio, ni espacio notorio ni tiempo importante. Si ocurren en Mendoza en vez de suceder en el conurbano bonaerense o en otra provincia, son nimiedades cuando no “ajustes de cuenta”.  Cuestiones tan ajenas a la relevancia de la boleta única o a la sempiterna discusión por la reforma constitucional, que es como si nada malo ocurriese en esta prolija provincia de nieves, bicisendas,  Marleys apócrifos  y vinos glamorosos, pero a granel.

Algunos colegas, al parecer,  necesitan ser corresponsales en el planeta Marte para descubrir que hay basura.  Basura.

La indignación y la bronca son tan inevitables como estériles. Hacemos el intento para despojarnos de esos sentires y hacer, al menos, una mínima reflexión.

El sábado por la tarde asesinaron a un joven que había nacido el 22 de abril de 1984. Grandote. Bonachón según lo describen. Papá de una nenita de 12 años. Ex jugador del Club General San Martín, vaya paradoja de nombre, jugaba al básquet para pacífico. Pacífico.

Desde algún funcionario del Ministerio de Seguridad partió raudamente un improvisado parte, que seguro negarán.  Como si nada hubiese ocurrida en la Argentina con el genocidio, eligen repetir el modo: la víctima, o sea, la persona asesinada es…el culpable. Tremendo.

Sin siquiera el mínimo pudor profesional, en demasiados medios de difusión adjetivan a la víctima, o sea, a quien no puede  y nunca más podrá defenderse, como delincuente. Rápidamente esgrimen aquello de “con antecedentes”, como si existiese en el mundo alguien sin ellos. Cuando no ladrón, con intención de… Infantilmente crueles para con la víctima, con los afectos de la víctima y cretinos confundiendo a la sociedad, en muchas oportunidades, haciendo un enroque narrativo entre el que dispara y el que es brutalmente asesinado.

El axioma es antiguo y archiconocido: corrupción, delincuencia y violencia existen y es difícil erradicar, el problema es la impunidad.  Y la impunidad tiene cómplices en todos los sectores. Cómplices con poder lícito. Desde las fuerzas de seguridad hasta las judiciales, incumplen, trampean, esconden, malversan. Para eso, precisamente, nació el periodismo.

Volver a hablar del intrincado modelo de empresas de medios de comunicación y de otros formatos, es indispensable, pero esta vez, no nos va a ayudar. La abulia, la desidia, la indolencia no es patrimonio de entidades, pero son las entidades, instituciones y empresas quienes se aprovechan y muy bien de esa adormecida manera de trabajar, de esa impericia o malicia, abandonando todo conocimiento adquirido e ignorando lo más elemental de la tarea de informar.

Otro episodio, en Las Heras, confirma la muerte de una persona más joven, aún. Confuso, por supuesto.  En pocas horas, dos homicidios, dos personas, dos muchachos, dos mendocinos, fueron asesinados. Los repetidores de partes policiales (o ministeriales, o judiciales) utilizarán términos de jerga, pasarán a ser dos occisos de quienes hay que desconfiar históricamente.  Sin sonrojarse y con suerte, luego de replicar hasta el hartazgo datos falsos, quitarán esa información y la reemplazarán por la que les provea el funcionario de turno. El daño que ocasionaron a las víctimas, a sus familias y afectos, no alcanza ni para epígrafe.

Algo no encaja en Mendoza. Desde el Estado provincial se propicia el misterio. Generan intriga hasta los cortes de calle.

Algo no encaja en Mendoza.  O se achicó el aro o se infló de más la pelota. Algo no encaja.  Los cadáveres empiezan a no caber en nuestra memoria y aunque los pseudo periodistas y varios medios los escondan, están afeando el paisaje perfecto de la Mendoza bucólica y distinguida. No va a aparecer en la nota pero igual, se nota.

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